LOS INOCENTES DE OSWALDO REYNOSO PDF

Con su ttulo de Profesor de Lengua y Literatura ejerci all el magisterio, al tiempo que desarrollaba una intensa labor literaria. Se le clasifica en la generacin peruana del 60 como narrador. Su libro de cuentos "Los inocentes" sigue siendo exitoso, pues incorpor por primera vez en la literatura peruana del siglo XX el lenguaje de los jvenes de las grandes urbes. Ms all del mero registro de palabras, penetra en el pensamiento de los adolescentes, de modo que su pblico se renueva continuamente.

Author:Zugal Kagagami
Country:Chad
Language:English (Spanish)
Genre:Education
Published (Last):20 November 2019
Pages:274
PDF File Size:4.65 Mb
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ISBN:137-2-87519-788-8
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El sol, violento y salvaje, se derrama, sobre el asfalto, en lluvia dorada de polvo. Con las manos en los bolsillos. Porque quiero. Es marca B. A la gente le gusta mirarse en las vitrinas. Estoy ojeroso: mejor. Tengo el cabello crecido: mucho mejor. No tengo cara de muchachita. Mi cara es de hombre. Por broma dije: Mi boca no es manzana dulce. No quiso que le agarrara las piernas. Su ropa interior era de nailon: resbaladiza, tibia, sucia, arrecha. Recuerdo que era roja como la camisa de la vitrina.

Ahorititita, le saco la mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me come con los ojos. Simulo no verlo. Su mirada quema. Seguramente estoy sonrojado. Eso le gusta: inocencia y pecado. No se atreve a dirigirme la palabra. Clavo mis ojos en los suyos, como jugando, para avergonzarlo. Miro la camisa. Lo miro. Parecen perros hambrientos, apaleados, corridos. Por fin se acerca. La oscuridad me ahoga. Las piernas de Gilda son mejores. Pierde su tiempo conmigo. Dio una patada en el aire.

La ciudad soportaba el peso, salvaje y violento, del sol. Uno siempre se ha de encontrar con locas. Que lo miran. Que lo siguen. Que le hablan. Que le ofrecen hasta el cielo. Mi cara tiene la culpa.

Cuando gano plata en el billar mi vieja cree que ya estoy con uno de esos y, sin averiguar nada, me pega. Hoy me ha pegado. No me quiere. Siempre he querido ser hombre. Pero siempre he fracasado. Tengo miedo de ser cobarde. Si uno quiere tener amigos y gilas hay que ser valiente, pendejo. Hay que saber fumar, chupar, jugar, robar, faltar al colegio, sacar plata a maricones y acostarse con putas. Siempre tengo que trompearme para demostrarles que soy hombre. No quise ir: al Collera estaba en la esquina.

Colorete gritaba enfurecido. Me vieron. Al volver los vi en la puerta de mi Quinta. Me gusta comer pan. Uno a uno los muchachos se fueron. Sin decir nada se fue. Esa noche no pude dormir. Toda la plata que te doy te la juegas.

Eres un mal hijo. Olor de gasolina en el viento sofocante. No se puede comprar ropa, para no meterse en pleitos con la vieja. El sol opaco y terrible cae sobre los jardines. Ahora, sube por la garganta y no puedo contener un bostezo delicioso, esperado, que me hace lagrimear. El cielo, pesado y ardiente, sofoca. La sangre arde. Se agitan como patos. Pantalones negros, azules celestes; camisas rojas, negras, amarillas se estremecen delirantes entre ramas verdes.

El cielo estaba nublado, sucio, triste. Los cuerpos parecen que tuvieran miel y las camisas se pegan, tibias. Hay furia. Ganas de quedarse en la mitra del Papa. Sabe que Colorete le lleva bronca. Grita Carambola. Gallitos feroces. Gallinas atolondradas. Escupe a un lado y a otro, nerviosamente. En el pecho siente un charco helado que lo hiere. Colorete se avienta furioso, lo toma por la cintura y cae al piso.

Colorete se encabrita y logra incorporarse botando al suelo a su enemigo. Los contendores se quitan la camisa. Nuevamente, se trenzan. Voltea el rostro y lo mira. Es el mismo brillo y la misma ansiedad que vio en los ojos de Gilda la noche que casi le toca las piernas. Desesperadas las manos se prenden al pasto y grita.

Lo aprisionan y le hurgan los bolsillos, pero no encuentran plata. El Rosquita las lava en la pila. Colorete lo mira con disimulada ternura y expresivo asco. Grita el Rosquita. Hasta ahora nadie me ha dicho mostacero. Saca los dados. Dice Colorete. Los deja caes suave; ruedan: marcan diez. Colorete recoge los dados. Escupe a uno y otro lado. Cierra los ojos y tira los cubiletes: marcan once. Ordena Colorete. Dice Corsario. Se pelean por verla. Cierra los ojos y piensa en Gilda. Grita furioso, Colorete.

Todos se quedan en silencio. Un olor picante a madera, a manzana, lo transporta a los brazos de Gilda. Corsario le mira el rostro arrebatado. El Chino, como hipnotizado, no deja de mirarlo.

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